Y en segundo lugar porque  Emak Bakia  no es solo el nombre de la casa donde Man Ray rodó en 1926, sino también la película que lleva ese mismo nombre. Y porque mientras ella se duchaba, las imágenes inconexas en blanco y negro inundaban la pantalla –y la nieve caía afuera, y el agua resbalaba sobre su piel, pero también la oscuridad– y yo pedía que no se acabaran el agua ni ella. Sin embargo, se marchó antes de que terminara la película, que no era más que un cortometraje de diecinueve minutos.  Cuando proyectaron por primera vez  Emak Bakia , un hombre se levantó a media película quejándose de que aquella sucesión de imágenes absurdas lo había mareado y de que además, gracias a ella y a los experimentos de Man Ray, le dolían los ojos. ¿Era necesario tanto desconcierto, tanto sinsentido?   No entendía, supongo, que, en realidad, nada de lo que hacemos es necesario pero todo lo que hacemos es irreversible.  Entonces, ante la queja, un espectador se levantó también y le replicó, molesto, que lo que le ocurría era que no estaba entendiendo el lenguaje de Man Ray. Acabaron peleándose y aquella anécdota me recordó a nosotras, a Bárbara y a mí. Porque mientras se sucedían las imágenes a través de la pantalla, me arrebujé bajo el abrigo que me hacía de manta. Bárbara se había llevado la colcha de la cama y me tapaba con él resguardándome no solo del frío de diciembre sino también de la desnudez y de los ecos difíciles de las paredes.  Pensaba en eso, en el deseo. Nadie sabe si se trata de una carencia o de un verbo que tiene la forma escarpada de los acantilados y de si se conjuga también o, especialmente, en forma de pasado y subjuntivo.  Y yo deseaba que volviera. La deseaba a ella. No los cabellos arremolinados en el sumidero tras la ducha rápida sino el calor de su piel y que regresara con la colcha que se había llevado.  En el cortometraje de Man Ray, el palacete de Emak Bakia aparece tan solo en tres planos: la imagen de su puerta principal, dos columnas de una ventana y un trozo de costa cercana. A lo largo de esos diecinueve minutos, un edificio se convertía en sus partes, en esos detalles que eran a la vez pistas, sombras, agujeros y todo aparecía a medias y desdibujado. Como la reproducción de esa fotografía tan famosa que le gustaba a Bárbara, el único rastro que había dejado en casa, colgada sobre el televisor con una chincheta absurda. Desde la cama veía las cortinas grises, sucias, esa habitación fría que yo imaginaba en un polvoriento alojamiento de provincias. Una foto incompleta, como si el fotógrafo hubiera olvidado que las palabras dicen lo que dicen aunque a menudo quieren decir otra cosa. La imagen era una advertencia. Cuidado: rojo y caliente, decía. Pero además estaba coja y rota porque faltaba la otra parte, la importante, una leyenda que la explicara.   Emak Bakia  no es solo ese palacete o el título que le puso Man Ray a su película experimental, a caballo entre el surrealismo y el Dadá. Esa casa desató, años después, en 2012, la historia de una búsqueda. Fue el cineasta Oskar Alegria el que decidió emprender un camino a pie hacia su localización. Contaba con aquellos tres únicos planos que había revelado Man Ray, pero la búsqueda a través de esas imágenes antiguas no fue fácil. En la zona, por los alrededores de Biarritz, hoy nadie recuerda la casa, de manera que Alegria no pudo pedir ayuda a nadie: solo al azar y al viento. La suya era una historia compleja, la de la búsqueda de una casa. De lo que sustenta a las casas, a las familias y a los imperios.   Pero no la encontró.  Quizás el lugar no existiera, aunque los lugares siempre persisten, se disfrazan de otras formas. O tal vez buscara mal: quién sabe qué hace cada uno con las señales y las pistas que va encontrando.    Dime,   ¿qué queda de las cosas enterradas pero no están muertas?   De las casas. Pero también de ti, tras la ducha, el agua, los cabellos en el sumidero. Esa foto, infinitas veces reproducida, que cuelga de la pared.   ¿Vas a volver?    Las civilizaciones se construyen sobre las ideas que las sustentan. Y las colchas son importantes: uno no puede llevárselas porque cubren y cobijan. Quisiera saber cuándo se convierten las cosas en otras cosas distintas. Una casa en una búsqueda, una colcha en un sentimiento, la fotografía que cuelga de la pared en un adiós.   ¿Volverás, Bárbara, aunque solo sea esta noche?   Porque, en primer lugar, en vasco, Emak bakia significa déjame en paz y sabes que a veces ocurre que una dice justo lo contrario a lo que siente. 

Y en segundo lugar porque Emak Bakia no es solo el nombre de la casa donde Man Ray rodó en 1926, sino también la película que lleva ese mismo nombre. Y porque mientras ella se duchaba, las imágenes inconexas en blanco y negro inundaban la pantalla –y la nieve caía afuera, y el agua resbalaba sobre su piel, pero también la oscuridad– y yo pedía que no se acabaran el agua ni ella. Sin embargo, se marchó antes de que terminara la película, que no era más que un cortometraje de diecinueve minutos.

Cuando proyectaron por primera vez Emak Bakia, un hombre se levantó a media película quejándose de que aquella sucesión de imágenes absurdas lo había mareado y de que además, gracias a ella y a los experimentos de Man Ray, le dolían los ojos. ¿Era necesario tanto desconcierto, tanto sinsentido? 

No entendía, supongo, que, en realidad, nada de lo que hacemos es necesario pero todo lo que hacemos es irreversible.

Entonces, ante la queja, un espectador se levantó también y le replicó, molesto, que lo que le ocurría era que no estaba entendiendo el lenguaje de Man Ray. Acabaron peleándose y aquella anécdota me recordó a nosotras, a Bárbara y a mí. Porque mientras se sucedían las imágenes a través de la pantalla, me arrebujé bajo el abrigo que me hacía de manta. Bárbara se había llevado la colcha de la cama y me tapaba con él resguardándome no solo del frío de diciembre sino también de la desnudez y de los ecos difíciles de las paredes.

Pensaba en eso, en el deseo. Nadie sabe si se trata de una carencia o de un verbo que tiene la forma escarpada de los acantilados y de si se conjuga también o, especialmente, en forma de pasado y subjuntivo.

Y yo deseaba que volviera. La deseaba a ella. No los cabellos arremolinados en el sumidero tras la ducha rápida sino el calor de su piel y que regresara con la colcha que se había llevado.

En el cortometraje de Man Ray, el palacete de Emak Bakia aparece tan solo en tres planos: la imagen de su puerta principal, dos columnas de una ventana y un trozo de costa cercana. A lo largo de esos diecinueve minutos, un edificio se convertía en sus partes, en esos detalles que eran a la vez pistas, sombras, agujeros y todo aparecía a medias y desdibujado. Como la reproducción de esa fotografía tan famosa que le gustaba a Bárbara, el único rastro que había dejado en casa, colgada sobre el televisor con una chincheta absurda. Desde la cama veía las cortinas grises, sucias, esa habitación fría que yo imaginaba en un polvoriento alojamiento de provincias. Una foto incompleta, como si el fotógrafo hubiera olvidado que las palabras dicen lo que dicen aunque a menudo quieren decir otra cosa. La imagen era una advertencia. Cuidado: rojo y caliente, decía. Pero además estaba coja y rota porque faltaba la otra parte, la importante, una leyenda que la explicara.

Emak Bakia no es solo ese palacete o el título que le puso Man Ray a su película experimental, a caballo entre el surrealismo y el Dadá. Esa casa desató, años después, en 2012, la historia de una búsqueda. Fue el cineasta Oskar Alegria el que decidió emprender un camino a pie hacia su localización. Contaba con aquellos tres únicos planos que había revelado Man Ray, pero la búsqueda a través de esas imágenes antiguas no fue fácil. En la zona, por los alrededores de Biarritz, hoy nadie recuerda la casa, de manera que Alegria no pudo pedir ayuda a nadie: solo al azar y al viento. La suya era una historia compleja, la de la búsqueda de una casa. De lo que sustenta a las casas, a las familias y a los imperios. 

Pero no la encontró.

Quizás el lugar no existiera, aunque los lugares siempre persisten, se disfrazan de otras formas. O tal vez buscara mal: quién sabe qué hace cada uno con las señales y las pistas que va encontrando. 

Dime, ¿qué queda de las cosas enterradas pero no están muertas?

De las casas. Pero también de ti, tras la ducha, el agua, los cabellos en el sumidero. Esa foto, infinitas veces reproducida, que cuelga de la pared.

¿Vas a volver? 

Las civilizaciones se construyen sobre las ideas que las sustentan. Y las colchas son importantes: uno no puede llevárselas porque cubren y cobijan. Quisiera saber cuándo se convierten las cosas en otras cosas distintas. Una casa en una búsqueda, una colcha en un sentimiento, la fotografía que cuelga de la pared en un adiós.

¿Volverás, Bárbara, aunque solo sea esta noche?

Porque, en primer lugar, en vasco, Emak bakia significa déjame en paz y sabes que a veces ocurre que una dice justo lo contrario a lo que siente. 

 En segundo lugar, tengo que contarle que yo creo que el origen de lo que ha pasado está en el día que la medusa se movió. Me refiero a una medusa de mármol en bajo relieve que decora la boca de un grifo en el patio de la casa en la que vivía hasta ayer. La medusa tiene los ojos muy abiertos (aunque no miran nada; es más bien como si probaran lo invisible) y está girada levemente hacia la izquierda. Pues bien, una mañana se movió, aunque antes, que también es importante, me miró fijamente y me hizo un guiño. Ya sé que la piedra no puede hacer eso y, seguramente, tampoco lo hizo mi medusa, lo que no viene al caso en este momento, no crea que divago. Lo único importante es que yo lo vi como ahora le estoy viendo a usted haciendo rodar ese bolígrafo entre los dedos. En principio, sí sé por qué se movió la gorgona decapitada. Quiero decir que hay una explicación lógica para que la escultura se comportara como una mujer. Aquellos días yo estaba empezando a tomar un fármaco para controlar una cardiopatía y me sentó tan mal (insomnio, pesadillas, continuos dolores de cabeza, qué sé yo) que empezaba a pensar en dejar las pastillas, pues casi prefería que mi corazón se detuviera del todo que malvivir así. El día que la medusa giró su cabeza llena de culebras, me miró fijamente y se quedó observando lo que pudiera haber al otro lado del patio, cogí la caja de las pastillas y leí su prospecto. Allí estaba todo: en uno de cada cien pacientes, los dolores de cabeza y el insomnio; en uno de cada mil, las pesadillas y, en uno de cada un millón, mis alucinaciones. Las mismas que me permitieron aquel pase al otro lado del muro y estar allí un momento.  A lo mejor usted dice, bueno, qué importancia tiene eso, ahora ya sabe lo que es una alucinación y que, en su caso, la provocó una farmacopea concreta. Pero yo creo que, si piensa así, es porque no le ha pasado a usted. Yo vi lo imposible ¿me comprende? Lo que no tendría que haber visto y por hache, por be o por las pastillas, vi y aún recuerdo. Eso no tiene vuelta atrás (perdone, pero he vuelto a olvidar su nombre). El caso es que, desde aquella mañana, soy incapaz de creer en lo real. ¿Cómo puedo saber, desde entonces, que todas las cosas que llamamos inertes no están más vivas que nosotros mismos? Quizás todo gire incansablemente ante nuestro ojos ciegos y no exista nada que permanezca quieto en su lugar ni sea lo que parece. A lo mejor no vemos nada porque, sencillamente, nos falta una pastilla. O un clic, no sé si me explico. Aquel día pude comprobar que una figura de piedra puede girarse y mirarte gracias a un comprimido, como podría haber sido por otra cosa. Es como la luz ¿no? Lo de la luz es algo bien extraño; que funciona como una onda y una partícula a la vez, y nos tenemos que conformar con saber eso aunque no comprendamos mucho más. La luz no es absoluta, es más bien una expresión que sólo admite lecturas y, en realidad, cuando hablamos de ella, nos referimos a su espectro visible. Pero éste no es el mismo para un gato o una mosca que para un hombre. Nosotros vemos el mundo tal y como la luz que podemos ver nos permite  conocerlo. Mi gato (¿le puedo preguntar si sigue siendo mi gato?) sólo roba cosas blancas. Cuando aparto la mesilla bajo la que esconde sus tesoros siempre encuentro un montón de cigarrillos, trocitos de hilo blanco, un lápiz blanco o bastoncillos para los oídos blancos; si no los quiere rosas ni azules, es por no comprenderlos. Ama el color blanco porque le aporta solidez a sus creencias, que es lo que hacemos todos y una mosca le contaría, si pudiera, su universo sensible de un modo completamente distinto y, por supuesto, igual de poco veraz. No pasa nada, sirve para apañarnos y yo le veo a toda esta gran mentira una utilidad biológica extraordinaria. Pero hubiera preferido no saber nunca que lo que llamamos cosas de piedra es justo eso: lo que damos en llamar piedra, con sus supuestos atributos y su pétrea naturaleza. Y no sé si lo maté. Quiero decir, ¿y si no está muerto? ¿No podríamos esperar un poco para comprobarlo? De todos modos, no me arrepiento. Creo que hice bien cuando lo empujé por aquella ventana de aquel hotel horrible. Además, que si ya sé que una medusa de mármol puede guiñarte un ojo, también creo que no existe ninguna clausura por mucho que se echen los cerrojos. Eso no me preocupa y es lo que le intenté explicar a él aquella tarde, pero un poco de agua sí que tomaría ahora.

En segundo lugar, tengo que contarle que yo creo que el origen de lo que ha pasado está en el día que la medusa se movió. Me refiero a una medusa de mármol en bajo relieve que decora la boca de un grifo en el patio de la casa en la que vivía hasta ayer. La medusa tiene los ojos muy abiertos (aunque no miran nada; es más bien como si probaran lo invisible) y está girada levemente hacia la izquierda. Pues bien, una mañana se movió, aunque antes, que también es importante, me miró fijamente y me hizo un guiño. Ya sé que la piedra no puede hacer eso y, seguramente, tampoco lo hizo mi medusa, lo que no viene al caso en este momento, no crea que divago. Lo único importante es que yo lo vi como ahora le estoy viendo a usted haciendo rodar ese bolígrafo entre los dedos. En principio, sí sé por qué se movió la gorgona decapitada. Quiero decir que hay una explicación lógica para que la escultura se comportara como una mujer. Aquellos días yo estaba empezando a tomar un fármaco para controlar una cardiopatía y me sentó tan mal (insomnio, pesadillas, continuos dolores de cabeza, qué sé yo) que empezaba a pensar en dejar las pastillas, pues casi prefería que mi corazón se detuviera del todo que malvivir así. El día que la medusa giró su cabeza llena de culebras, me miró fijamente y se quedó observando lo que pudiera haber al otro lado del patio, cogí la caja de las pastillas y leí su prospecto. Allí estaba todo: en uno de cada cien pacientes, los dolores de cabeza y el insomnio; en uno de cada mil, las pesadillas y, en uno de cada un millón, mis alucinaciones. Las mismas que me permitieron aquel pase al otro lado del muro y estar allí un momento.

A lo mejor usted dice, bueno, qué importancia tiene eso, ahora ya sabe lo que es una alucinación y que, en su caso, la provocó una farmacopea concreta. Pero yo creo que, si piensa así, es porque no le ha pasado a usted. Yo vi lo imposible ¿me comprende? Lo que no tendría que haber visto y por hache, por be o por las pastillas, vi y aún recuerdo. Eso no tiene vuelta atrás (perdone, pero he vuelto a olvidar su nombre). El caso es que, desde aquella mañana, soy incapaz de creer en lo real. ¿Cómo puedo saber, desde entonces, que todas las cosas que llamamos inertes no están más vivas que nosotros mismos? Quizás todo gire incansablemente ante nuestro ojos ciegos y no exista nada que permanezca quieto en su lugar ni sea lo que parece. A lo mejor no vemos nada porque, sencillamente, nos falta una pastilla. O un clic, no sé si me explico. Aquel día pude comprobar que una figura de piedra puede girarse y mirarte gracias a un comprimido, como podría haber sido por otra cosa. Es como la luz ¿no? Lo de la luz es algo bien extraño; que funciona como una onda y una partícula a la vez, y nos tenemos que conformar con saber eso aunque no comprendamos mucho más. La luz no es absoluta, es más bien una expresión que sólo admite lecturas y, en realidad, cuando hablamos de ella, nos referimos a su espectro visible. Pero éste no es el mismo para un gato o una mosca que para un hombre. Nosotros vemos el mundo tal y como la luz que podemos ver nos permite

conocerlo. Mi gato (¿le puedo preguntar si sigue siendo mi gato?) sólo roba cosas blancas. Cuando aparto la mesilla bajo la que esconde sus tesoros siempre encuentro un montón de cigarrillos, trocitos de hilo blanco, un lápiz blanco o bastoncillos para los oídos blancos; si no los quiere rosas ni azules, es por no comprenderlos. Ama el color blanco porque le aporta solidez a sus creencias, que es lo que hacemos todos y una mosca le contaría, si pudiera, su universo sensible de un modo completamente distinto y, por supuesto, igual de poco veraz. No pasa nada, sirve para apañarnos y yo le veo a toda esta gran mentira una utilidad biológica extraordinaria. Pero hubiera preferido no saber nunca que lo que llamamos cosas de piedra es justo eso: lo que damos en llamar piedra, con sus supuestos atributos y su pétrea naturaleza. Y no sé si lo maté. Quiero decir, ¿y si no está muerto? ¿No podríamos esperar un poco para comprobarlo? De todos modos, no me arrepiento. Creo que hice bien cuando lo empujé por aquella ventana de aquel hotel horrible. Además, que si ya sé que una medusa de mármol puede guiñarte un ojo, también creo que no existe ninguna clausura por mucho que se echen los cerrojos. Eso no me preocupa y es lo que le intenté explicar a él aquella tarde, pero un poco de agua sí que tomaría ahora.