Maria Crespo | Lara Hermoso

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Estrellas brillantes, Estrellas Ausentes / Maria Crespo

-Y en segundo lugar porque por esa manía tuya de hacer más de mil fotos en cada atardecer, perdimos la reserva en el restaurante peruano, ¿cómo se llamaba? Al final fuimos a por unas hamburguesas, fue justo cuando vimos aquel coche atropellar al perro. Tú no querías mirar. El pobre lloraba más fuerte que los coches. ¿No te acuerdas?

Escuchaba a medias. No recordaba al perro moribundo ni las hamburguesas aunque era cierta mi predilección por los cielos rojos que son como los primeros besos, ocupan el horizonte y son distintos, emocionantes, pero sólo duran un tiempo para dejar paso a las estrellas, los besos breves y espaciados del amor estable, a veces brillantes, otras ausentes.Llevaba un rato mirando la puerta azul añil custodiada por dos ciervos dorados que parecían decidir qué visitantes eran dignos de entrar en sus dominios de tierra y robles. Miré los ciervos y sentí sus cuernos arañándome la espalda. Los últimos 15 años de mi vida se reescribieron en ese momento como un pinchazo entre mis omóplatos. Me abracé para calmar el dolor. 

-¿Qué te pasa, Lucía? ¿Tienes frío? -me preguntaba él. 

Tenía 12 años y era la primera vez que iba a Estocolmo. Mi padre había prometido llevarme al parque de atracciones el último día de colegio, pero antes fuimos a dar una vuelta por la isla de Djurgarden. Cuando estábamos frente a la puerta azul me contó una historia de un ciervo mágico que su padre había intentado cazar. “¿Mágico?”, pregunté. “Tenía una enorme cornamenta de oro”. Mi abuelo pensó que si conseguía matarlo se haría rico y podría llevarse a su familia lejos del pueblo. Acechó al animal durante días pero nunca conseguía atraparlo. Hipnotizado por la promesa de la riqueza al alcance de una escopeta, el padre de mi padre reunió a los hombres jóvenes de Nyforss, -también era mi pueblo- y, tras prometer dividir entre todos las ganancias de los cuernos de oro, les convenció para salir de caza.

El día de la expedición unas nubes negras cubrían el cielo y los animales del bosque 

gruñían y graznaban, anunciando un desenlace fatal. Después de toda una tarde caminando, uno de los cazadores divisó los cuernos dorados y dió la voz de alarma. Todos los hombres salieron tras el destello con forma de rama, pero el animal era mucho más rápido. Pasaron las horas, los días, las semanas y la carrera nunca terminaba, siempre en dirección al norte, mientras la nieve pintaba los pinos y el resplandor amarillo saltaba de día en día. Poco a poco, los cazadores fueron dejando en el camino su aliento y los sueños que el oro prometía. Mi abuelo se quedó sólo. “Y, ¿qué pasó?”, pregunté. Yo nunca había conocido a mi abuelo, en casa no se hablaba de él. Era la oportunidad de saber más sobre ese aventurero incansable.

“No volví a verle”, contestó mi padre. “Yo era un poco más pequeño que tú. No se lo digas a nadie, pero siempre he creído que cazó al ciervo, se hizo rico y fue más feliz de lo que había sido nunca en el pueblo”. 

Y así dio por zanjada la historia al entrar en el parque de atracciones. Yo ya medía la altura reglamentaria, no era miedosa y estaba dispuesta a probar todas las máquinas para volar que tenía al alcance de la vista mientras mi padre me saludaba desde la pista de despegue. Él me pidió que dejara para el final la noria: 140 metros de hierro y cabinas de todos los colores. “Nunca dejes de explorar el mundo”, me dijo, mientras la barrera se cerraba. Entonces no le di importancia. Yo sólo quería subir hasta las nubes y agarrar Estocolmo con la palma de mi mano. Cuando bajé de la noria, mi padre había desaparecido. Me quedé allí, muy quieta, esperando a que apareciera con una bolsa de almendras caramelizadas, mis preferidas. Pero mientras el cielo cambiaba de color y nacía mi obsesión por los atardeceres, el parque de atracciones fue vaciándose. Cuando se hizo de noche, un vigilante con un bigote tan grande como el manojo de llaves que llevaba se acercó y me preguntó si estaba sola. “He venido con mi padre, volverá enseguida”, respondí. El primer día de vacaciones terminó en una comisaría de policía, con una llamada a Nyforrs. “Mamá, papá no está y yo no sé volver a casa”. 

Mis padres eran felices, para mi era una verdad universal, como que en verano me bañaba en el lago o que la profesora de matemáticas se inventaba los problemas. Por eso, al ver a mi madre agarrada al teléfono como si fuera un salvavidas o, más bien, su tercer brazo y al oírla repetir el nombre de mi padre casi como si rezara, seguí sin dudar que se querían, que él nos quería, que también debía quererme. Algo malo le tenía que haber pasado. Estaba en peligro o enfermo. Tal vez, había oído en los pasillos del colegio, había muerto lejos de casa y nunca podría despedirme. 

Había vuelto a Estocolmo 15 años después. Delante de aquella puerta azul que recordaba majestuosa y ahora me pareció un decorado de teatro, entendí todo. Mi abuelo no había sido un intrépido cazador, simplemente se había ido del pueblo, abandonando a su familia.  Los ciervos dorados no existen ni tampoco las tardes mágicas de verano. Mi padre me había dado un cuento en vez de una explicación, había inventado una estirpe de héroes para camuflar su huída. Y allí estaba yo, huérfana, mientras él se había ido a buscar algo que brillara más. 

-Vámonos, le dije a mi novio, que llevaba un rato intentando descifrar mis ojos perdidos.

-¿Tan pronto? ¿Por qué? Si ni siquiera hemos visto el parque de atracciones. 

-Porque tengo mucho frío, puede que me esté poniendo enferma. Y, en segundo lugar, porque vamos a llegar tarde a cenar. He reservado en un restaurante mexicano. Me han dicho que está muy bien. 

Aquella noche, al recorrer de vuelta a casa la carretera bajo un techo de estrellas, algunas brillantes, otras ausentes, decidí que quería ser madre. 

 

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El silencio / Lara Hermoso

Y en segundo lugar, porque necesitaba huir de aquella casa. Hacía meses que se había instalado el silencio entre aquellas cuatro paredes. Primero fueron los gritos y los reproches, después el vacío. La nada. El silencio que se cortaba en el ambiente.  Compartíamos piso pero éramos como dos fantasmas que se cruzaban en el pasillo o en la cocina. Habíamos agotado todos los insultos y ya no había nada que decir. Ni siquiera sé muy bien por qué seguía viviendo allí, entre aquellas cuatro paredes que ya no eran un hogar. A veces pensaba que era por costumbre o comodidad. Otras por cobardía. Sí, le tenía miedo a la soledad. Prefería aquel silencio hostil a tener que enfrentarme a la realidad. Asumir que aquello se había acabado hacía meses, tal vez años. Las cosas se fueron pudriendo sin que hiciéramos nada por atajarlo. Había pasado aquello. 

Al principio nunca me sentí culpable por mentir. Lo hacía por inercia, ni siquiera tenía que esforzarme. Cuando salía a cenar le decía que tenía una reunión pendiente. Los fines de semana que me ausentaba eran por viajes de trabajo. Desconectaba el teléfono sin remordimientos, sin dar ni siquiera una explicación. “Me quedé sin batería”, improvisaba cuando Alicia me lo echaba en cara. Yo pensaba que no notaba nada raro, llevábamos tantos años juntos que creía que su lealtad era un muro inexpugnable.  Jamás dudaría de mí. Y es posible que la guerra nunca hubiera estallado de no ser por mi actitud. Pero yo estaba al borde del colapso, me sentía preso de aquella red de mentiras. Tenía la misma sensación que cuando me atragantaba con el hueso de una aceituna. No me lo podía tragar pero tampoco lo podía expulsar. Hacía malabarismos por no ahogarme.  Pero yo estaba convencido de que quería a Alicia y también quería la comodidad de aquella casa. Nuestra relación era como aquel poema de Joan Margarit: Cálido, respetuoso: amor de sol de invierno.

Aquella promesa de estabilidad me empujó a acabar mi historia con María y poner fin a aquella doble vida. El problema es que fue entonces cuando descubrí que el sol de invierno me aburría. Me pasaba la vida echando de menos a M. y sus disertaciones sobre feminismo. Su obsesión por no comer carne. Echaba de menos el sonido su voz cuando se empeñaba en leerme aburridas novelas en voz alta. Su forma de sonreír guiñando los ojos.  Echaba de menos incluso sus enfados cuando me reprochaba que nuestra relación no tenía un territorio propio que cartografíar, que mi situación no hacía más que poner fronteras a nuestro amor.  Comencé a torturarme con aquellos recuerdos y remordimientos, las voces se multiplicaban en mi cabeza y no podía escuchar otra cosa. No sé cómo llegué a aquel estado pero sé que dejé de hablar. Y aquel bucle solo se rompió el día que Alicia lo descubrió todo. Me dijo que pronunciaba su nombre en sueños. Me preguntó quién era María. Y le mentí, volví a mentirle. Pero ya era tarde y el huracán se había desatado. Alicia me había declarado la guerra mientras yo trataba de librar otra batalla: la de la ausencia de María. Fue la primera vez que me armé de valor y quise abandonar aquella huida hacia delante. Llamaría a M. y después le explicaría a Alicia lo que había pasado. Aquel alejamiento inexorable que quise frenar, pero no supe. 

Marqué el número de María. Un tono, dos tonos,… y así hasta cinco sin obtener respuesta. Imaginé que no quería saber nada de mí. Seguí tecleando su teléfono a diario mientras permanecía en casa con Alicia, suspirando por otra pero incapaz de hacer la maleta y dar un portazo a todo aquello. Me estaba volviendo loco. Pasaron siete meses de llamadas continuas sin que jamás M. descolgara el teléfono. Supuse que estaría con otro, feliz lejos de mí. Pero estaba equivocado. 

Ahora vuelvo aquí huyendo del piso que comparto con mi mujer porque es el último lugar donde vi a M. y puedo puedo recrear el momento en que atravesó esta puerta. Iba con un gorro de lana negro de esos con una borla. Estaba tan graciosa. Sonreía sin saber que había quedado con ella para decirle que no podía ser. Yo no podía darle lo que ella quería, lo que necesitaba, lo que se merecía. Tenía demasiado miedo a lo desconocido. La dejé allí llorando y hui sin mirar atrás. Sin responder ni a una sola de sus preguntas. 

Había leído la esquela en el periódico: 

María Martínez Pérez

Falleció en Madrid el jueves 4 de agosto de 2016.

D.E.P.